Miren bien esa pequeña figura erguida sobre su pedestal de bronce que mira inquieta hacia algún lugar del espacio, porque en cualquier momento tomará una decisión y reanudará su marcha. Ahora, se encuentra en el centro de un lago infinito y una maravilla de las muchas que existen en su universo ha captado su atención.

Los personajes de Aurora Cañero piensan, miran, descansan. En cada una de sus esculturas el bronce, noble y sólido, encierra la tensión entre lo que acaba de acontecer un pasado apenas sugerido- y lo que va a suceder a continuación hallazgo, movimiento; metamorfosis.

Cada obra suya narra un acontecimiento decisivo, ese instante en el que el hombre que habita en el centro del universo llega a su momento de verdad.

Aurora Cañero busca para el ser humano un lugar junto al corazón de la naturaleza y lo retrata allí donde no cabe más emoción que la que es suma de todas ellas.

En estas esculturas no hay dramas ni pasiones, no se habla de alegrías y de tristezas, pero hay siempre una intensa emoción: la plenitud del olvido, la comunión con la verdad sobre uno mismo, un sentimiento tan hondo que nos taladra desde la inmensa fragilidad de estas figuras.