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LA CHILENIDAD CON SUS PELOS Y SUS LANAS
Texto de Juan O`Brien

La pintura de Gana es una búsqueda de la chilenidad con sus pelos y sus lanas, búsqueda directa, sin eufemismos, sin miedo a encontrar las sorpresas y epifanías que la vida depara (si se quiere mirar) en cada esquina, en cada bar, en la cola de la parafina durante las tardes de invierno, en el amor tórrido de la empleada doméstica con el carabinero, ella atisbando con su ojo picassiano si alguien los ve mientras entrega sus bondades y ardores al uniformado; en los juegos playeros de bañistas que resuman vida, transpiración y ganas de bajo el sol estival de una playa cualquiera de la Costa Central; en las ensoñaciones eróticas de la dueña de casa, su pelo tomado en cola de caballo, oliendo todavía a Rinso, y las chancletas que resuenan sobre el piso de madera mientras completa sus menesteres cotidianos. Y en el mar y en el vino y en el baile y en las plazas y en los juegos de Chile sin reverencias a ninguna escuela estética, pura vitalidad expresiva, puro amor a lo que somos, generoso en su cariño, tanto como en sus colores que parecen estallar en la fiesta popular que es esta pintura comprometida sólo con ella misma y que no excluye ni juzga ni denosta, reconociendo lo sagrado en los rituales urbanos que confrontan al oficinista, a la mujer del oficio, al mozo de la fuente de soda, al pescador de la costa chilena y a la muchacha en flor con sus destinos por precarios que éstos sean, reconociendo en cada uno de ellos la rotunda y radiante presencia de la divinidad.

Porque hay algo santo en Andrés Gana, aunque sólo fuera por esa pureza de propósito sin fronteras ni exigencias para con los demás. Su pintura abigarrada, vital y nuestra está ahí para el regocijo de todos, sin necesidad de pope ni mediador, sin necesidad de que la expliquen, con sus debilidades a flor de piel, para el consumo directo, como un Lutero chileno que anuncia el fin de la intermediación y el advenimiento de una nueva era, cuyo explotador más connotado es (aunque no lo sepa), él mismo, un pintor lejano de pequeñeces, riéndose de sí mismo y también de la expresión artística que más ama y que en su búsqueda de la purificación y para el horror de los tontos graves, él embadurna de literatura y ensucia de musicalidad.

Definitivamente: ni Chile ni la pintura chilena son los mismos después de Andres Gana.

Juan O'Brien